“Es importante saber qué papel estamos jugando y cuáles son sus reglas”
08 ABR 09
ENTREVISTA CON RAMÓN EMILIO MANDADO, PRESIDENTE DE LA REAL SOCIEDAD MENÉNDEZ PELAYO
Ramón Emilio Mandado es el presidente de la Real Sociedad Menéndez Pelayo y es profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad Complutense. Él ha sido uno de los últimos participantes del ciclo ¿Qué Filosofía se hace en Cantabria? de SocFía. En su intervención 'Dialéctica y escepticismo', defendió el importante papel que juega el escéptico en la búsqueda de la verdad.
PREGUNTA.- ¿Cuál es su vinculación a SocFía?
RESPUESTA.- Los integrantes y afines a SocFía somos todos conocidos. Yo, de hecho, me siento muy identificado con este colectivo porque en el pasado he compartido su experiencia como profesor de instituto. A principios de los ochenta, fui catedrático de Filosofía en el Instituto de Reinosa y siempre he estado muy interesado en la calidad de la enseñanza secundaria. Actualmente, desarrollo mi labor en la Universidad Complutense de Madrid impartiendo la asignatura de Historia de la Filosofía.
Asimismo, me vincula a SocFía el interés por el fomento social de la cultura. La Real Sociedad Menéndez Pelayo se solidariza con todas aquellas iniciativas culturales que se desarrollen en Santander. Además, el que se me haya invitado a participar en dicho ciclo ha sido para mí particularmente grato ya que también han participado en él antiguos conocidos, como Tomás González-Quijano y buenos compañeros y amigos como Carlos Gutiérrez, Carlos Nieto o Gerardo Bolado, entre otros.
P.- Su vida profesional se desarrolla a caballo entre Santander y Madrid. Eso le ofrecerá una amplia perspectiva de la Filosofía que se hace en cada lugar. En su opinión, al igual que el título del ciclo de SocFía, ¿Qué Filosofía se hace en Cantabria?
R.- En mi opinión, creo que el ejercicio intelectual de los profesores de instituto, y en concreto de los de Filosofía, no ha sido lo suficientemente bien valorado ni por la sociedad ni por las políticas educativo-culturales. Este ámbito ha sido un semillero de vida cultural y de excelentes especialistas en Historia, Filosofía, la Literatura, Ciencias… así como de pedagogos y políticos. El cuerpo de catedráticos de instituto contó en el pasado con figuras de gran renombre en la cultura española como Antonio Machado, Gerardo Diego o Antonio Domínguez Ortiz, entre otros muchos y eso es algo que debería seguir fomentándose.
Respecto a la Filosofía que se hace en Cantabria creo que no es muy distinta a la que se está haciendo en el resto de España y tiene muchas posibilidades. En todo caso actividades como las de SocFía son importantes porque ofrecen un panorama general y sirven para alimentar y poner al día la vida intelectual y cultural de nuestra comunidad autónoma. Es importante que se desarrollen iniciativas como ésta y, más aún, siendo Santander candidata a Capital Europea de la Cultura en 2016.
P.- Su conferencia se titulaba 'Dialéctica y escepticismo', me podría decir ¿por qué eligió este tema?
R.- Tuve el propósito de ofrecer un ejercicio de Filosofía que estuviera relacionado con algún referente destacado de la cultura actual y elegí el escepticismo porque sin referirse a él resulta imposible entender o explicar porqué se siguen arbitrando nuevos métodos para analizar e interpretar la experiencia. El juego que puede dar en la cultura actual la tradición filosófica del escepticismo sigue vivo y se puede examinar desde muchas perspectivas. Yo traté de hacerlo desde la visión de la dialéctica que ofrecen algunos filósofos de la llamada Escuela de Francfort, como Max Horkheimer o Theodor Adorno. Para ello recurrí no sólo a planteamientos escépticos tomados de la Historia de la Filosofía (Sexto Empírico, Michel de Montaigne) sino también de la Literatura (el préface philosophique que Víctor Hugo redactó para Los Miserables y que finalmente no publicó o la lectura que ofrece Rousseau de El Misántropo de Molière) e incluso recurrí a determinado momento de la Historia del Arte (la representación que atribuye Winckelmann al Torso del Belvedere).
P.- El escepticismo tiene una connotación hasta cierto punto negativa. ¿La historia ha sido injusta con este término?
R.- El término escepticismo ha tenido y tiene diversas acepciones. Erróneamente al escéptico se le ha asociado a otros calificativos como agnóstico, ateo o indolente. Para algunos expresaría, en último término, el ethos burgués e incluso un modo sutil de pensamiento reaccionario. En mi conferencia intenté aclarar estas interpretaciones y sostuve que el escepticismo, en realidad, es un componente de la actitud ilustrada. Suele ser condenado porque es justo lo contrario del dogmatismo, incluso del que se cobija bajo el pensamiento axiomático. En el pasado fue completamente ignorado por los fundadores doctrinales del Cristianismo que crearon el cuerpo dogmático en el que se sustenta la Iglesia. El escepticismo siempre tuvo un encaje muy difícil, por no decir imposible, en las arquitecturas conceptuales y psicológicas de pensamiento único, así como en sus expresiones sociopolíticas.
P.- Entonces, el escepticismo es…
R.- Digamos que el escepticismo al que me he referido en mi conferencia se sostiene en actitudes o puntos de vista más que en principios. Por ejemplo se sostiene en la prudencia, la resistencia al activismo y en el mantenimiento de la crítica. El escéptico es en primer término, el que sabe mirar y escuchar. Adopta una actitud de prudencia ante los acontecimientos en virtud de la cual no asume una posición definitiva hasta no haber recabado todos los datos posibles.
En segundo lugar, el escéptico no se deja arrastrar por el hechizo de la acción, elige ésta y controla su vorágine. No trata de obrar a cualquier precio. Reflexiona y examina cada una de sus opciones.
En tercer lugar, en el escepticismo es importante la mirada que enjuicia y valora cuanto nos rodea (la crítica). Ahora bien, toda mirada crítica acaba necesitando la evaluación del propio modo de mirar, es decir la apertura del pensamiento a la estética y el arte. Esta ponderación de las apariencias, es más importante para la crítica de lo que con frecuencia se cree, pues equivale a una apertura consciente al otro, algo fundamental en cualquier ámbito de la vida, desde las relaciones personales hasta la política. Quien cuida o cultiva la apariencia responde en último término a la necesidad de conocer qué papel está jugando en una determinada situación y cuáles son las reglas que rigen en ella.
P.- En definitiva, ¿el escepticismo es una actitud de exigencia?
R.- Sí. Podría atribuírsele al escéptico el calificativo de exigente pero también, aunque parezca contradictorio con ello, el de humilde, ya que esta cualidad es la que le lleva a la constante búsqueda y autocrítica. El escepticismo es un estilo intelectual, incluso un método, aplicable no sólo a la vida cotidiana, sino a la formulación rigurosa del conocimiento. Hoy lo tienen en cuenta sobre todo los teóricos de la llamada sociedad abierta o los del liberalismo contemporáneo, como Isaiah Berlin o Luwdig von Mises por ejemplo, pero desde siempre estuvo presente en la investigación científica. No por casualidad uno de los padres del escepticismo clásico, Sexto Empírico, fue un médico.
P.- Si el escéptico duda de todo, ¿existen para él las verdades absolutas?
R.- Más que dudar de todo, el escéptico pregunta por todo. En contra de lo que se cree, el escéptico no deja de buscar la verdad, incluso aunque no espere encontrarla, y para ello tiende a la comprobación experimental de las cosas o los hechos cultivando el sensismo o fenomenismo. Por eso mismo desconfía del pensamiento reduccionista y esquemático, incluso en la comprensión de los hechos necesarios. Por el contrario, reivindica el vivir provisionalmente y no se avergüenza de aquellas mentiras que, como recordó Nietzsche, parecen necesarias para seguir viviendo… no ya para el consuelo, el autoengaño o la resignación, sino para que la convivencia sea lo menos destructiva posible. Escéptico era sin duda Winston Churchill cuando dijo aquello de que la democracia era el menos malo de los sistemas políticos posibles. Muchos autores han hecho referencia a la necesidad de ciertas convenciones que operarían socialmente como verdades. Por ejemplo Hume, no sin un cierto cinismo pragmático, sostenía que no hay razones intelectuales ni empíricas que demuestren la existencia de Dios, pero que era conveniente mantener la religión para que pobres y ricos se atuvieran a una norma moral… es decir para mantener una convivencia que protegiera a la burguesía de las rebeliones sociales.
P.- Hume aboga por una verdad que beneficia a unos y adormece a otros, ¿realmente es necesaria esta verdad?
R.- Digamos que para Hume dicha verdad beneficia o adormece a toda la sociedad no sólo a una parte de ella, por lo que, si no es necesaria, por lo menos es conveniente no ignorarla. Además, de un modo u otro, ese tipo de verdad nunca ha dejado de estar presente en la historia. En cualquier caso sus diferentes manifestaciones se han sucedido unas a otras conformando una dialéctica, un devenir ineludible de hechos.
P.- En esta corriente del escepticismo, ¿qué papel juega la dialéctica?
R.- Desde mi punto de vista, la comprensión de la dialéctica es inseparable del examen del escepticismo. La Reseña de Enesidemo de Fichte es un buen ejemplo. La manera dialéctica de ver el mundo no sólo expresa una actitud o un modo dinámico de mirar sino que el propio mundo aparece como una forma dinámica. A su vez, el modo escéptico de ejercitar el conocimiento, equivale a la sospecha de que lo real más que venir determinado por lo que es viene determinado por lo que está siendo. Claro que al sostener una conclusión así el escéptico corre el riesgo de dejar de serlo. De hecho la mayor parte de la dialéctica contemporánea no es escéptica. Sin embargo, en mi opinión, el ejercicio lúcido de la dialéctica no es posible sin una dosis importante de escepticismo.
Fotografía: Joaquín Gómez Sastre