La ciencia de la mente
09 SEP 09
Iniciamos un nuevo curso de la sección del Presente Mítico con el mismo afán originario de exponer, sin pretensiones, algunas cavilaciones sobre los contenidos de esa tendencia tan humana a ilusionarse con lo mítico, es decir, a conferir rango de absoluto a conceptos e imágenes cuya historicidad y fragilidad rara vez tardan en ponerse de manifiesto.
Necesidad de la economía mental, tendencia de la vida social, hálito irracional de la mente... No se trata de enjuiciar para ensalzar o condenar actitudes, sino de examinar algunos ejemplos para adquirir una conciencia más clara del problema... si es que se considera un problema.
Esta vez comenzamos con la Psicología. Hay pocas ciencias que ocupen un lugar tan estratégico en nuestra concepción de la vida. Y también pocas tan aparentemente volátiles. En un buen manual de Química encontramos lo que sabemos de la composición de los elementos y la energía. En Psicología, depende del manual que compres hallas unos u otros planteamientos. Tampoco es que la diversidad sea infinita, pero sí hay en el estudio de la mente un pluralismo tan grande como para distinguir, a simple vista de lego, colectivos como psiquiatras y neurofisiólogos, por una parte, y psicólogos y psicoanalistas, por otra.
Si leemos a pensadores de finales del siglo XIX y principios del XX, comprobaremos que la esperanza en una ciencia psicológica rigurosa era muy intensa, y que se le asignaban importantes funciones en el progreso social, al mismo tiempo que, paradójicamente, se suscitaban inquietudes culturales por un posible mal uso de ese saber en la manipulación y dominación de unos seres humanos por otros.
La psicología científica se buscaba entonces por dos vías: la experiencia de laboratorio y la experiencia clínica. Como gráficamente tituló Eysenck uno de sus libros, ‘la rata o el diván’. En buena medida se sigue circulando por ambos carriles míticos. En el primero, se cuenta con el mito del Cerebro. Llegaremos a descubrir todos los complejos procesos neuronales que determinan nuestras emociones y nuestras ideas, y la Psicología será una ciencia natural como las otras. El padre teórico de esta inclinación es el fisiólogo y psicólogo experimental alemán Wilhelm Wundt (1832-1920).
En el segundo carril, se cuenta con el mito del Alma, entendido no necesariamente en sentido religioso, sino como el hecho de la formación de la identidad personal a través de procesos sociales de aprendizaje configurados por el instrumental simbólico (básicamente, las lenguas naturales). Esta vertiente ha tenido al vienés Sigmund Freud (1856-1939) como su exponente más conocido.
Naturalmente, no es que Wundt ignorase el factor cultural ni que Freud fuese refractario al factor biológico, sino simplemente de la apuesta por determinados caminos teóricos de los que se esperaban resultados.
No estamos en condiciones de juzgar la validez científica de unos y otros, porque para ello tendríamos que disponer de la teoría ‘buena’ y unificada. Pero sí podemos apuntar que no existe un paradigma integrado de ciencia de la mente, y que por tanto el mito de la Psicología aún se hará de rogar. Puede que, liberada esta ciencia de la presión de solucionar a corto con una varita mágica los problemas de la civilización, pueda progresar más adecuadamente hacia esa integración. No es que no se hayan descubierto ‘países’ de la mente: es que no tenemos el mapa de los continentes ni sistemas completos de navegación. Hay mucha terra incognita.
El mito de la Psicología pertenece al mito global de la Técnica, y por ello deja de lado el problema de la Práctica, esto es, de los valores -algo que una técnica no puede solucionar en sí misma-. Pues, suponiendo que tuviéramos las claves científicas -y el consiguiente dominio técnico- de la mente humana, ¿cómo deberíamos emplearlas? ¿Qué usos serían admisibles? Reproduciríamos en el nivel psicológico los debates de bioética que ahora se dan en la medicina del cuerpo. ¿Es legítimo utilizar técnicas psicológicas de control mental para disolver grupos terroristas o sectas tenebrosas? ¿Y para ‘reeducar’ y ‘reinsertar’ a los reclusos? ¿Y a los gamberros? ¿Cómo sería una educación en la que la pedagogía tuviera que desempeñarse disponiendo de técnicas infalibles de encauzamiento de la mente ajena? ¿Y la política, la publicidad o la Bolsa?
Paradójicamente, el estado actual de la Psicología nos protege -y ya no del todo- de esos dilemas. Pero cabe suponer que la ciencia avanzará, y mejor que nos preparemos para ello.
JLF