Creer e idear
20 OCT 09
El mito satisface la necesidad humana de admiración incondicional, necesidad derivada de la ansiedad por una interpretación segura de su mundo. La razón sólo como promesa puede sustituir esa función terapéutica; en su trayectoria real, la razón es duda, es crítica, es argumentación nunca definitivamente concluyente.
Ya José Ortega y Gasset distinguió entre las ideas y las creencias. Las ideas se tienen, en las creencias “se está”. Las ideas son como aquello que decía Groucho Marx: “Señora, estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. La creencia es la raíz espiritual en que toda la vida arraiga. Este plato orteguiano huele y sabe de una forma semejante al guiso de Oswald Spengler, que atribuye a cada cultura humana la absoluta singularidad y sistematismo derivado de una forma idisoncrásica de pensar la realidad, esto es, de vivirla.
Pero las dicotomías filosóficas siempre son un poco sospechosas. En primer lugar, porque es difícil tener alguna idea si no se está antes en alguna creencia. La distinción de Descartes entre la sustancia pensante y la sustancia extensa es casi incomprensible sin una tradición en la posibilidad de separación de mente y cuerpo, como en el sueño de Escipión cuenta Cicerón.
En segundo lugar, es difícil estar en alguna creencia si ésta no se ha articulado en ideas. Toda creencia es interpretación de signos, es decir, atribución de significados; pero los significados son ideas, todo lo primigenias que se quiera, pero ideas al fin y al cabo. Nuestra propia gramática, con la distinción entre nombres para objetos (sustantivos) y nombres para acciones (verbos), incluya todo un sistema de categorías del que fluyen las ideas. Nuestra primera creencia es la lengua que hablamos.
Por eso, en tercer lugar, parece importante observar la intercambiabilidad entre ideas y creencias. La creencia es la idea que hemos recibido de una tradición, la idea que ha formado nuestra mentalidad en una coerción cultural que no hemos podido evitar porque somos gente de nuestro tiempo, nuestra época y nuestra zona de comunicación. A su vez, la idea es una creencia sostenida argumentalmente.
Lo que hoy son creencias –por ejemplo la fe en las posibilidades de la ciencia- otrora fueron sólo ideas de algunos pioneros, como Descartes, Bacon o Comte. En cambio, antiguas creencias –la religión olímpica- se ven hoy sólo como el recubrimiento literario de determinadas ideas sobre la naturaleza, la sociedad y los conflictos humanos.
Si podemos cambiar de creencias, y con ello de cultura, no es por algún proceso misterioso de transmutación espiritual. Precisamente el punto débil de Spengler es afirmar la discontinuidad de las culturas sin poder justificar una discontinuidad social. Nosotros sabemos hoy que el 90% de la población nativa de Europa desciende directamente de la población paleolítica del continente. Hay una continuidad humana que casa mal con la discontinuidad cultural. Es más interesante la propuesta de Arnold Toynbee de observar filiaciones, contactos y diversificaciones en las civilizaciones.
Esto significa que, así como las ideas se plantean sobre un trasfondo de creencias –y a menudo en contra de ellas-, también las creencias pueden transformarse desde el mundo de las ideas. Las ideas científicas sobre nuestro planeta, sobre la evolución natural o sobre las posibilidades genéticas sin duda están alterando nuestra interpretación vital de la situación. Una de las grandes consecuencias de las ciencias astronómicas es forzar a las creencias en dioses personales a retirarse a refugios más seguros y espirituales, ya que el concepto tradicional de ‘cielo’ se vuelve impracticable. El propio Einstein declaró que la creencia en un dios personal le parecía absurda.
A su vez, cambios de creencia pueden alterar la marcha de las ideas. La conversión del Imperio Romano al cristianismo a partir del siglo IV afectó mucho a la filosofía política y a la filosofía sin más, así como a la actividad de las ciencias y a ciertas regiones del derecho. Muchos razonamientos de la época clásica estaban situados en un contexto cultural en el que las élites habían pasado a un monoteísmo filosófico de tipo panteísta o heliotrópico, mientras por otro lado la masa de población seguía aferrada a un politeísmo cada vez más complicado, con divinidades importadas.
Así pues, la doble equivalencia mito-creencia y razón-idea es cómoda pero borrosa. El mito es más bien un razonamiento que incumple la precondición de quedar abierto al descarte. Y la razón es un mito anticipatorio, cuya verdad no se puede determinar. En cuanto mito, se resiste a la apertura al descarte. La fe en la razón no se deja falsar fácilmente, y alega que, para ser refutada, debería serlo con buenas razones, por lo cual seguiríamos en su territorio después de todo. No tenemos un observatorio desde el cual medir la razón y el mito, ni sus méritos respectivos. El mito futurista del hombre dueño de la naturaleza y de sí mismo es la promesa de una ciencia que cada día demuestra racionalmente los límites de la experiencia humana. Sin embargo, ver la razón a demasiada distancia, para hacerla compatible con otros enunciados de imposible justificación (el dios elefante y demás teorías), es un acto mental que sólo se sostiene sobre razones.
JLF