Recientemente, el debate sobre la educación ha saltado a un primer plano con la emisión del programa de TV curso del 63 y se hace necesario reflexionar en torno a unos cuantos detalles.
En curso del 63 se construye la historia fundamentalmente en torno a la disciplina, que se sobrevalora como única arma importante en la educación de los futuros ciudadanos. Se llega a decir – aquí no se imparte justicia, se imparte disciplina. No nos han presentado ninguna clase en la que se puedan observar las propuestas didácticas y metodológicas de cara al aprendizaje, formación y mejora del conocimiento de ese grupo de alumnos.
Bien es cierto que desde la filosofía que voy a proponer como alternativa se observa con gratitud la imposición y el cumplimiento de unas normas de convivencia hoy día olvidadas y que impiden el desarrollo global de la clase.
¿Qué relación existe entre la disciplina y el conocimiento?
Cuando comenzábamos en el CEP de Santander el Seminario de Educación Ambiental, hubo una intervención de compañeros que planteaban lo siguiente: - hemos ido con los alumnos a participar el proyecto de Pueblos abandonados y se han quedado de una pieza al vernos jugar con ellos al baloncesto o ayudarles a cavar. Tras lo que seguía una reflexión: - claro, están acostumbrados a vernos siempre encima de la tarima. Eso, eso es lo que debe ser la educación ambiental.
Nosotros en aquel entonces defendimos la idea de: - ¿no será mejor bajarse de la tarima de una vez que ir una semana a un pueblo abandonado?
Pero esto debe ser matizado: Hay dos tipos de aprendizaje, el de la disciplina, importantísimo, quizá mejor si el alumno llega a ser consciente de que ser educado es bueno, que por imposición, aunque las personas necesitamos para ciertos aprendizajes que se nos exija sin miramientos. Para ello, es necesario que el profesor tenga la autoridad bien definida y, el Vd. en vez del tuteo, la tarima y otras normas de educación como levantarse cuando entra el profesor, saludar al llegar, traer los cuadernos, materiales y libros, tratar bien a los compañeros, etc. son cuestiones que pueden ser importantes y las que se decidan en cada centro se deben acatar sin rechistar, al igual que no discutimos que utilizamos cubiertos para comer y no lo hacemos con las manos. Todo esto que parece de Perogrullo, está bastante olvidado en nuestras aulas. Y su reconquista ayudaría mucho tanto a profesores como a alumnos y a la sociedad en la que vivimos.
Por otro lado está el trato con el conocimiento. Ahí en todas las materias, pero sobre todo en las ciencias, no se puede ser dogmático, las cosas no pueden ser porque sí y llenar las cabezas de los alumnos de teoremas incomprensibles que repiten para aprobar.
Sobre todo en educación ambiental –también llamada últimamente, educación global- y que debe impregnar todas las actuaciones, es necesario plantear el conocimiento como un logro a conseguir por todo el grupo y si queremos que participen abiertamente y pongan en juego sus ideas debemos conseguir un clima de la llamada democracia epistemológica, donde se da, de entrada el mismo valor a todas las opiniones.
Ahí, si se trabaja en la resolución de problemas abiertos, como son los problemas ambientales, que no tienen solución única y que para trabajarlo es necesario buscar las variables que intervienen, las relaciones que se establecen entre ellas y tomar decisiones al respecto, las aportaciones del profesor como director de esa investigación son fundamentales y será enseguida reconocida su autoridad en la materia.
Pensemos que la enseñanza facilita el aprendizaje, pero no lo causa. Se puede llevar un caballo a una fuente, pero no se puede obligarle a beber. El responsable de su propio aprendizaje es el alumno, el profesor debe facilitarle el camino y animarle a beber.
Enseñar es un arte, por José Ignacio Flor Pérez
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