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Presente Mítico

Los persas

04 ENE 10

La Revolución Islámica de Irán en 1979 fue un grave retroceso que el mundo globalizado lleva pagando 30 años. Sin duda, hay una importante responsabilidad de los Estados Unidos y de los presidentes Carter y Reagan en todo lo ocurrido, así como importantes connivencias de países europeos como la divina Francia o la República Federal de Alemania. De la URSS ya no queda nadie a quien pedir cuentas.

La Revolución Islámica rompió una importante tendencia que desde el final de la Segunda Guerra Mundial marcaba un carácter laico de los regímenes revolucionarios -a menudo, militares- en los países musulmanes, que coexistían con el conservadurismo religioso de algunas monarquías árabes.
Los iraníes expulsaron al Shah y a su corrupta élite, pero sólo para caer en manos de otra élite, formada por el chiísmo político.  Y si alguien cree que ahora hay menos corrupción que antes, es preciso concederle el premio a la inocencia.
La separación de la esfera profana o civil y la esfera religiosa es una condición fundamental de la libertad de las personas. Donde un dogma religioso o un precepto ritual se convierten en derecho civil, penal, administrativo, mercantil o procesal, el principio de libertad queda vulnerado inmediatamente. Recientemente se han producido una serie de disturbios en Malasia porque los musulmanes radicales quieren que siga legalmente prohibido que los ciudadanos de otras confesiones usen el nombre de Alá para referirse a Dios.. Los musulmanes moderados y la propia justicia han descartado esta pretensión, pero sigue existiendo la presión para considerar derecho positivo lo que es una creencia particular. El absurdo es ya decidir quién puede usar o no una palabra del diccionario.
Seguramente muchas de estas corrientes extremistas que recorren Asia y África, pero también Europa y Norteamérica, no existirían o no serían tan fuertes de no contar desde hace 30 años con el ejemplo de una república teocrática en la antigua Persia.
Esto proporciona nuevas dimensiones al fracaso geoestratégico norteamericano. Carter permitió que los ayatolás dominaran a la sociedad iraní. Reagan armó a los guerrilleros islamistas que combatían a las tropas afganas comunistas y a sus aliados soviéticos. Se alentó a Sadam Husein a combatir a Irán para convertir a Irak en una gran potencia mundial (entonces era Musaví, actual candidato reformista, el primer ministro islamista en Teherán). Se apoyaron regímenes dudosos en Pakistán, país que acabó desarrollando su propio armamento nuclear y transfiriendo tecnología a Corea del Norte, Irán, Libia y posiblemente Siria.
Al final, Estados Unidos ha tenido que llevar a cabo dos costosas  guerras contra Sadam Husein y no se sabe si necesitará una tercera guerra en la zona, contra el Irán atómico. Mientras, mantiene una dura batalla contra los radicales en Afganistán, y se le abren nuevos frentes en Pakistán y en Yemen.
Es verdad que hay movimientos no persas, sino árabes, orientados desde hace tiempo hacia un control religioso de la política, sobre todo en Egipto, Sudán y también Arabia Saudí. Pero hoy la presión se vive en todas partes: en la laica Turquía, en el Líbano y Siria, en Argelia y en el mismo Marruecos. Para todos, el ejemplo de un régimen revolucionario dirigido por un sacerdote o pío inspirado es el Irán de Jomeini, cuyas fatwas perseguían a novelistas occidentales como Rushdie con sentencias de muerte.
Irán, pues, ha sido el origen de un mito político de largo alcance, que es la remezcla de la religión, o mejor dicho de una interpretación extremista de la religión, y la política, con un tono muy agresivo y despiadado. Estados Unidos y los principales países europeos -Rusia también, en buena medida- han sido responsables de todas estas catástrofes sociopolíticas, que tanto sufrimiento han causado y siguen causando a millones de personas inocentes.
Paradójicamente, Obama tiene ahora un enorme interés en que Irán se reforme en un sentido cívico y democrático, respetuoso de los derechos humanos. Porque no puede ganar el pulso al extremismo político del eje Casablanca-Yakarta si no desaparece de la escena histórica el ejemplo de una república islámica como mito político. Un ejemplo que en su variante sunní y bajo otro mito, los califatos y emiratos de antaño, está en Bin Laden y otros grupos.
La horrible diplomacia de Washington tanto con demócratas como con republicanos necesita ahora el milagro de la transfiguración del mito: que el otrora primer ministro de Jomeini, el pintor Musaví, pilote con su barba ya canosa el desmontaje del aparato que, cuando era un joven y moreno barbudo revolucionario, él mismo promovió. Suele decirse que en el pecado va la penitencia: esto es lo que le espera ahora a Musaví y a Obama. ¡Y eso con suerte!
JLF

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