La película dirigida por Federico Fellini Amarcord (Me acuerdo) logró el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1975, quedando también como candidata a la estatuilla en otras dos modalidades: mejor director y mejor guión original.
Como tantas otras películas célebres, esta es ya un mito, y se repone regularmente en los canales televisivos, además de tener su vida digital en algunas filmotecas. No es una cinta muerta: está viva y cada generación puede degustarla varias veces. Para mí, es una de las grandes películas de la historia del cine, y desde luego la mejor película italiana hecha y por hacer. Y se debe en buena medida a su carácter mítico.
Está mitificado el carácter italiano mismo, con las constantes parodias familiares, la sobreactuación expresa e irónica de muchos personajes y el entorno paisajístico. Comunicativos, gesticulantes, mordaces: cada italiano es un actor y cada actor es un italiano, incluso quienes hacen de las 60 esposas del potentado oriental que se aloja en el gran hotel.
Uno de los hechos más curiosos de la acción paródica de Fellini es que quedan mitificados el fascismo y la iglesia. En la trama, resultan a tal extremo ridículos con su violencia o su insana intromisión, que en realidad hacen aparecer lo que fueron como mitos. El fascismo es violento, pero no respetable y ni siquiera temible. El verdadero desastre de la guerra y del régimen mussoliniano queda difuminado en el esperpento de la vida cotidiana.
Mitificada qued la ciudad de Rímini, donde creció Fellini, a orillas del Adriático. Todo el entorno semiurbano, litoral y semirrural da la impresión de una “Italia eterna”.
Sin embargo, la acción se centra en la década de los 1930, en ese ascenso social del fascismo cuyo orden algunos apreciaban (Churchill, entre ellos) sin percatarse del problema general (¿no hubiera sido mejor para Italia asociarse a Francia y Estados Unidos, como en la Primera Guerra Mundial?)
Está mitificado también el tema de la adolescencia, con el despertar sexual y afectivo, desde le punto de vista del varón. Todas las hipérboles visuales de la película se resumen en la cigarrera (María Antonietta Beluzzi, Bolonia 1930-1997), la Gradisca (Magali Noël, nacida en Esmirna en 1932), la Volpina (Josianne Tanzilli, nacida en Rávena en el año 1950). Míticas también las figuras de la madre y del padre. La primera, desarollada por la napolitana Giustina ‘Pupella’ Maggio (1910-1999); el padre, por el también napolitano Armando Brancia (1917, aún vive).
Es además el mito de la pandilla, del tío ligón que, soltero, vive en casa, del abuelo rijoso y de algún pariente de manicomio (en unas memorables escenas de campo protagonizadas por el gran Ciccio Ingrassia (Palermo 1922- Roma 2003). Puede verse así la gran carga de sureños y adriáticos en el reparto de la película, además de que todos habían sido niños o jóvenes en la época fascista, y podían imbuirse bien de sus respectivos papeles.
Mítico Tonino Guerra, el guionista de la Romagna, que sigue firmando obr, habiendo nacido en 1920. Tres nominaciones a los Óscar le contemplan. Mítico Nino Rota, que falleció pocos años después de la película (Milán 1911- Roma 1979), autor de la música. (Y también de la música para El padrino I y II de Coppola).
Finalmente, mítico el propio Fellini (Rímini 1920-Roma 1993), que a través de un narrador presente en el filme nos va llevando por la evocación de una realidad duramente maravillosa, en la que al sufrimiento de la político y las bajas pasiones se impone la comunicación humana, la ilusión. Fellini muestra la nostalgia por unas sociedades que han desaparecido: sociedades mediterráneas comunicativas, muy individualizadas, llenas de tópicos que sedimentan las experiencias familiares, aparentemente indestructibles.
Pero es que Fellini había ganado el Óscar ya con La strada (1954), Le notti di Cabiria (1959), 8 y medio (1963). ¿No es mítico un director con cuatro estatuillas míticas? Hay que preguntar a Italia qué está pasando aquí.
JLF

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