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Los medios del alma

12 MAR 10

La historia sólo se percibe bien cuando se hace desde una cierta perspectiva y distancia. A menudo, es el lento paso del tiempo el que va acumulando una generación tras otra esa capacidad retrospectiva. Sin embargo, a veces la distancia se consigue abruptamente como consecuencia de un veloz cambio sociocultural. Así, paradójicamente, las revoluciones son creadoras no sólo de historia en el sentido fuerte de la palabra, sino que también son creadoras de historiografía.

Fueron las revoluciones burguesas las que permitieron a Carlos Marx forjar un teoría económico-materialista del devenir de la humaniad, y una profecía sobre el advenimiento de otro tipo de sociedad más igualitaria. Y fueron las revoluciones de la radio y la televisión en el período de entreguerras del siglo XX las que impulsaron por vez primera una auténtica reflexión sobre el significado de la cultura literaria, las letras en general y el efecto social y civilizador de la imprenta.
Muchos de los nuevos hallazgos sobre la base comunicacional de las sociedades se hicieron en el ambiente interdisciplinar de la Universidad de Toronto, en Canadá.
Allí confluyeron desde historiadores de la economía y teóricos de la comunicación, como Harold Adams Innis, a expertos en literatura antigua clásica, como el inglés, formado en Cambridge, Eric Haverlock; o críticos literarios, como el inconmensurable Northrop Frye; o antropólogos como Edmund Carpenter. A todos habría que agregar la figura del jesuita Walter Ong (1912-2003), un experto en evolución cultural.
Quizá de todos ellos el más conocido fue Marshall McLuchan, el gurú en 1962 de la “aldea global” forjada por las nuevas tecnologías de la comunicación (The Gutenberg Galaxy: The Making of the Typographic Man). McLuhan pudo distribuir la historia humana en cuatro grandes períodos, empleando las modalidades hegemónicas de comunicación social como criterio para el establecimiento de etapas:
1. La cultura oral de las tribus.
2. La cultura manuscrita de los escribas.
3. La Galaxia Gutenberg, con la imprenta de tipos móviles y la preeminencia de lo visual frente a lo oral.
4. La época electrónica, con el regreso de la oralidad y la formación de una aldea global (global village).
Por su parte, en obras como Preface to Plato (1963) o The Muse Learns to Write (1986), Eric Havelock destacó la gran importancia para nuestra civilización del tránsito entre la oralidad homérica, la implantación de la literalidad en tiempos de Platón, y finalmente la preeminencia de la escritura a partir de la época helenística y las grandes bibliotecas de Pérgamo y Alejandría. Por su parte, Harold Innis, el historiador de la economía canadiense, se volcó también en la tesis sobre el nacimiento de la Grecia clásica en el equilibrio entre lo oral y lo escrito. Finalmente, el jesuita Ong, alumno de McLuhan (incidentalmente, éste se había convertido al catolicismo) e influido por Havelock, produciría en 1982 su best-seller intelectual Orality and Literacy. The Technologicing of the Word, traducido a numerosos idiomas.
Last but not least, citaremos la Anatomía de la crítica (1957), de Northrop Frye,
La Toronto School ha sido, pues, la gran toma de conciencia histórica de la sociedad de la información, en el período de unos treinta años entre la Anatomy de Frye y la Muse de Havelock. Ellos ofrecieron un nuevo marco para entender la evolución de las culturas y ello no de una forma simplemente erudita, sino con un significado ético y político muy importante, que les permitió encarar las necesidades de una época marcada por el choque entre el Occidente liberal, el bloque comunista comandado por Moscú y Pekín, y el emergente Tercer Mundo.
Al final, resulta que la principal fuerza de producción es la capacidad de generar y comunicar significados y sus aplicaciones. Lo que significa que el verdadero capital es el conocimiento: no ahora, de la sociedad del conocimiento, sino que lo ha sido siempre, debido a la disposición natural del ser humano como un animal de conducta abierta, no predeterminada por sus instintos de una manera cerrada.
El dualismo marxista entre conciencia y existencia social se disuelve en una sociedad basada en lenguaje, y en una identidad
socialmente forjada, esto es, nacida de la comunicación.
 JLF

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