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Universidad de Cantabria.
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Presente Mítico

Roma eterna (I)

08 ABR 10

Los libros, series, documentales, videojuegos y productos web sobre la antigua Roma siguen haciendo furor, según todas las estadísticas. Algo tiene el agua cuando la bendicen, y algo tiene el mito cuando lo repiten. El hecho es que, de la mano del inglés, el español y otras lenguas internacionales, es el alfabeto latino el de rigor para la comunicación global, y son muchos principios jurídicos y políticos romanos los que siguen inspirando los avances de la civilización, que es una palabra que procede de ‘cives’, el ciudadano. Civilizarse es hacerse ciudadano, con todo lo que comporta.

Pienso que este mito de Roma, bien merecido por la intensidad de su historia -para lo mejor y para lo peor-, ha tendido a disfrazar de forma un tanto sensacionalista lo que fue la realidad romana. La famosa emoción que sintió el inglés Edward Gibbon cuando oyó cantar las vísperas a unos frailes junto a la ruinas del Foro romano, emoción que le impulsó a escribir lo que quizá siga siendo la mejor historia del imperio romano -aunque seguramente no la más precisa ni completa ni contrastada, pero sí la que transmite una idea clásica y unitaria-, esa emoción, decimos, es sentida por todos los millones de consumidores de la cultura inspirada en aquella civilización.
Sin embargo, Roma murió de éxito. Hacia mediados del siglo II antes de nuestra era, el poder militar romano había aplastado a los poderosos estados de Cartago en África y España, Macedonia en Grecia europea y asiática, y buena parte de Anatolia. En decenios posteriores, remató la jugada devorando Siria, Palestina y Egipto, Francia-Bélgica, el sur de Britania y casi toda Iberia excepto los cántabros y otras tribus que tuvieron que esperar para merecer el desplazamiento de algunas legiones.
El problema no era tanto conquistar todo aquello como gobernarlo adecuadamente. El poder y la riqueza lograda por el estamento militar ocasionó muchas peleas por el botín, reventó el marco político de una ciudad gobernadora de una península y convirtió en jefe del estado al dueño de la espada más larga.
Es justo en ese momento de cambio total, con el Principado de Octavio Augusto, cuando Roma produce sus propios mitos heroicos. Tenemos la historia de la elocuencia romana en el Brutus de Cicerón, las (hoy tristemente perdidas) famosas Antigüedades de Marco Varrón, la Eneida de Virgilio y el Ab Urbe Condita, la historia romana escrita por Tito Livio, así como las biografías de viribus illustribus de Cornelio Nepote. Algún griego ‘adosado’, como Dionisio de Halicarnaso, contribuyó también a las loas.
Aunque se impuso muy violentamente, Octavio Augusto supo disimular su dictadura bajo unas formas diplomáticas y ficticiamente republicanas. Puede que a mucha gente la estabilización dictatorial e imperial de las grandes conquistas del siglo y medio anterior les pareciera el mejor de los mundos posibles, puesto que no había ya guerras civiles. Sin embargo, precisamente en época de Augusto quedaron claros dos problemas: la derrota de las legiones en Teotoburgo impidió conquistar Germania, dejando el norte a la defensiva; y la evitación de una nueva Constitución claramente monárquica dejaba el imperio en manos del poder militar y sus conspiraciones. Del tercer problema, el cultural-religioso, trataremos en mayo. Hasta entonces.

JLF

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