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Universidad de Cantabria.
El Tiempo Editoriales

Presente Mítico

Roma eterna (y III)

09 JUN 10

Con el curso 2009/10 vamos a terminar también nuestras aventuras reflexivas sobre el valor de Roma para el presente. Ya quedó dicho en primer lugar el problema político que supuso la conquista del Mediterráneo oriental, con el definitivo tránsito de la ciudad-estado a un imperio intercontinental; y en segundo lugar la gran importancia del espacio imperial romano para el éxito de la revolución espiritual cristiana. Los hombres clave en estos procesos son por un lado César y Pompeyo, creadores de imperio, y por otro Constantino, abridor de una nueva cultura mediterránea que dejó atrás los clásicos paganos y sobrevivió incluso al hundimiento de la superestructura política en Occidente. El Papa Benedicto es hoy la prueba oficial de esa permanencia, como lo es la tipografía que usted está leyendo en este mismo momento, derivada de las letras capitales romanas, así como numerosos artículos de los códigos legales.

Pero sería pretencioso aspirar aquí a una tercera entrega de sesudas conclusiones sobre el significado definitivo de Roma para la humanidad. En lugar de ello, vamos a reflexionar sobre algunas de las dificultades romanas, con la esperanza de ver alguna luz sobre el mito romano.
Primer sondeo: las matemáticas. Como los griegos, los romanos carecieron de una notación matemática adecuada y esto limitó mucho su potencial científico y tecnológico. Sus obras de ingeniería son tanto más maravillosas, cuanto que se efectuaron con unos instrumentos conceptuales de cálculo muy rudimentarios, y que no serían mejorados prácticamente hasta la época de Newton y Leibniz. Tampoco el álgebra era cosa familiar para ellos, ni muchas otras ramas de las matemáticas.
Esto limitó la capacidad científico-natural y técnica que hubiera podido encaminar al imperio por otros derroteros tanto religiosos como militares. Sólo con la química del ‘fuego griego’ y la arquitectura ciclópea de sus murallas, Constantinopla pudo mantener a raya al enemigo.
De Roma perdura la tecnología urbanística, conquistada con tesón y experiencia. Su otro invento fue el derecho privado, pero en derecho constitucional es difícil hallar mayor desastre que los romanos, con sus guerras viviles, golpes militares, magnicidios y remodelaciones. Un imperio que sólo puede ser dirigido por un general es un imperio muy frágil.
Segundo sondeo: las guerras judías. En los siglos I y II, Palestina vivió dos guerras terribles entre el nacionalismo judío y las legiones romanas. Tito en una ocasión y Adriano en la otra aplastaron Jerusalén. Hubo un tercer levantamiento, pero principalmente en la emigración judía en el Mediterráneo oriental. A nadie hay que explicar que el asunto aún colea. Finalmente Roma fue dominada por una secta religiosa judía que supo romanizarse o ‘gentilizarse’ de la mano de Pablo de Tarso. Esta capacidad de generalización no fue mérito exclusivo de los primeros cristianos, ya que estos aprovecharon miméticamente la estructura administrativa del imperio romano (hoy recogida en el esquema del Papa con la Curia y la red de Dicócesis regidas por obispos que son como gobernadores romanos provinciales) y finalmente la propia autoridad política y militar para erradicar otros cultos, cerrar escuelas filosóficas, suprimir los Juegos Olímpicos y  -seamos justos- los espectáculos crueles y, lo que no es menos importante, establecer el Credo y la ortodoxia. Con esta plataforma adquirieron poder material, contra el que reacciona el movimiento monástico que busca de nuevo la espiritualidad.
Pero Roma no supo hacer eso, no supo convertir su unidad militar en cohesión cultural. Y no supo hacerlo porque hubiera necesitado un monoteísmo que era incompatible con la variedad religiosa del imperio. El estoicismo fue lo más aproximado a ese monoteísmo henchido de valores éticos y existenciales, pero una filosofía no era lo más adecuado para masas heterogéneas de semianalfabetos. Los miedos y pasiones de los seres humanos necesitaban otro alimento -en buena medida, por el factor primero, es decir, el subdesarrollo matemático causante de un subdesarrollo científico-natural-. Las guerras judías son el mejor ejemplo de la incapacidad romana de articulación cultural.
Y tercer sondeo, el final: la antítesis república/imperio. Roma desapareció porque, cuando era república, convertirse en un imperio la desestabilizó, y cuando fue imperio, ningún rey quiso recuperar el valor de la república, sino sólo su fachada. De Cicerón cónsul (63 aC) al caballo español Incitatus, cónsul de Calígula, la suerte estaba echada.
La desaparición de toda vida republicana no sólo no es garantía contra guerras civiles, sino que pone el poder para siempre en manos de guerreros. No funciona.                          

 

JLF

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