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Universidad de Cantabria.
El Tiempo Editoriales

La Universidad de la Vida

El pelota

16 ENE 12

Por Francisco Ruiz Purón

Desde que el mundo es mundo, desde que el primero de los monos que habitaron este planeta al que estamos hundiendo en la miseria, y de los cuales, el hombre, según dicen algunos, ha avenido a ser lo que es hoy, se dio cuenta de que con una estaca en la mano era muchísimo más poderoso y convincente que cualquier otro colega transitando a pelo; en definitiva: Desde que el instinto natural empezó a significar algo para cualquier ente con vivencias propias y el cerebro medianamente desarrollado, ha existido esa especie de catasalsas de bajo octanaje y jabonoso modo de vivir, conocido como El Pelota. (El Pelota así, en singular porque El Pelotas es otra cosa muy distinta).

El Pelota es un ser indestructible, pero, lo que son las cosas, curiosamente, es también imprescindible. ¡Cuántas cosas han cambiado en la historia de la humanidad! ¡Cuántas cosas han desaparecido del escenario de esta España! Pongamos por ejemplo, en el último siglo ¡Cuántas cosas ha dinamitado el tiempo implacable es su devenir! ¡Cuántas cosas yacen sepultadas bajo los escombros de tantos cataclismos! Es innegable que el hombre miembro en sí mismo como la mujer es miembra, la sociedad, las ciencias y los ciencios, las artes; la misma política, sin ir más lejos y sin ánimo de ofender a nadie, han evolucionado, han cambiado. Todo ha experimentado una mudanza. O casi todo, dado que no podemos negar que existen todavía cosas como los programas televisivos, la ideas políticas de algunos "progres" tirando a cutres, las idílicas elucubraciones entonadas con acompañamiento de música eclesiástica por apóstoles momificados, la patética actitud de los reparavirgos patrios de toda la vida venidos a menos, o algunos colectivos de infelices papamoscas que todavía creen en el bienestar social de los pueblos, el equitativo reparto de la riqueza y la eficacia de los gobernadores. Y, naturalmente, una de las cosas que permanecen imperturbables, intactas a través del tiempo, fiel a sus principios es el clásico pelota. Este pintoresco ejemplar está en la sociedad como los geranios en las azoteas. Tiene como ellos un aroma tirando a rancio y dura poco. No adornan mucho, pero a quien los cultiva le salen baratos y ni siquiera ha de tomarse la molestia de cuidarlos porque, como las alpargatas usadas, cuando uno se aburre de ellos los tira a la basura y aquí paz y después gloria y olvido.
La opinión más generalizada es la de que el pelota se hace a sí mismo. Pero no obstante, profundos estudios efectuados sobre el caso, parecen demostrar que no es así; que no nace precisamente este gachó con esta condición. Como mucho, de pequeñito no pasa de ser el adulón de turno, el repipi o chivato que todos hemos padecido cuando éramos estudiantes. ¿Quién de ustedes es capaz de declarar que no ha conocido nunca en su clase, su entorno o entre sus allegados a algún repugnante pelotillero? Pues ahí se está haciendo el pelota. Con el tiempo su condición de adulón y pelotillero se perfecciona hasta llegar al doctorado.
Ser un buen pelota, es casi como tener una carrera. Gentes hay en el mundo y a más de uno conocemos todos, que practicando el habilísimo oficio de hacer la pelota, han llegado a alcanzar dentro de la sociedad, relevantes puestos de inútiles figurones espléndidamente pagados y, en más de una ocasión, se les ha considerado como muy respetados y tenidos como necesarios y útiles.
Y lo verdaderamente curioso del asunto es que el pelota, como ya hemos dejado dicho más arriba, es imprescindible. Porque, fíjense bien en esto: El pelota halaga casi siempre el ego cretino de alguna mandamasía de la que, más o menos, directa o indirectamente, dependemos todos. Y un cretino sin su pelota correspondiente, bien pudiera caer en una depresión y desánimo al no verse aplaudido y pelotilleado por el esmirriado mental de turno que, haciendo de parásito en beneficio propio, contribuye al buen humor y el logro de la pedante autosuficiencia de aquel que recibe sus agasajos y parabienes. Y esa labor de tan rechazable individuo, ya ven de qué forma, viene a darse, como ustedes habrán sabido colegir, en ganancia manifiesta para los que tenemos que sufrir, dada nuestra falta de condición de pelotilleros, a los citados mandamases. Que como dijera en su día el famoso explorador senegalés y, además, artrítico, Bonifacio Bonafull, "un mandamás de buen humor, siempre nos hará la puñeta muchísimo menos que otro con la mala leche subida de tono".
Loado, sufrido y burlado sea en definitiva el pelota, que con su rastrera condición engrandece a quien, generalmente, le desprecia y a quien, aunque parezca mentira, muchos vecinos envidian.
Y ya de paso, y les aseguro que sin ánimo de hacerles a ustedes para nada LA PELOTA, les deseo a todos un feliz año mejor que este que se acaba de ir. Lo cual francamente, hay que reconocerlo, tampoco es mucho pedir.

La Universidad de la vida. Francisco Ruiz Purón

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