El Diseño Inteligente
09 OCT 05
Prometido quedó en el artículo anterior ocuparse de la persistencia del mito en la edad de la razón científico-técnica. Dijimos entonces que el problema para aceptar una función de lo mítico en nuestra vida es que ahora el mito es, más que una tradición inmemorial, un objeto de producción seriada.
Vuelven a estar en tribunales los sectores constitucionalistas de Estados Unidos contra las autoridades y escuelas que quieren que en los colegios se enseñe, junto a la Teoría de la Evolución, la del Diseño Inteligente, es decir, la noción de que las regularidades de la naturaleza están regidas por la voluntad de un ser supremo, cuya mano invisible guía el curso evolutivo.
No argumentaremos aquí contra semejante pretensión, sino que la analizaremos como narración mítica de actualidad. El mito viene a ser éste: en el principio de todo, había una gran condensación de energía; y entonces un ser supremo provocó el Big Bang y dio lugar a nuestro Universo; asimismo, hizo que el desarrollo de la materia y la energía fuese tal que, luchando contra las probabilidades, se fuera organizando el mundo de la vida y de la inteligencia. Así pues, el orden de la naturaleza y la emergencia de la especie humana obedecen al Supremo Diseñador.
Esto es igual de mítico que el relato que Platón, en su diálogo La República, expuso sobre el Demiurgo autor del mundo. Este relato requiere (a) negarle a la naturaleza la capacidad de llegar ella solita hasta donde ha llegado, (b) asumir resultados científicos pero sin incorporar el espíritu científico y (c) entroncar de algún modo con mitos más antiguos.
El primer punto es verdaderamente necesario en este mito creacionista que hace de la divinidad una especie de Giorgio Armani del Universo. Si la naturaleza puede por su propia evolución dar lugar a la diversidad de la vida, entonces no se necesitarían más protagonistas en el relato. (Si los hombres hubieran podido inventar el fuego, no habría tenido Prometeo que jugarse el físico).
El segundo punto es incluso más trascendente. El creacionista dice: aceptemos que hubo un Big Bang, ya que no podemos vencer en esa discusión a los astrofísicos y astrónomos; aceptemos que ha habido evolución de las especies como señaló Darwin, porque tampoco podemos vencer en debate a los paleontólogos, a los geólogos, a los bioquímicos, a los genetistas, a los botánicos y zoólogos, a los microbiólogos y toda esa tropa intelectual. Sin embargo, discutamos por qué hubo un Big Bang o por qué la evolución ha ido como ha ido. Pues esos mecanismos aún no han sido plenamente desentrañados por la ciencia.
Quiere esto decir que, aceptando las conclusiones científicas, se rechaza el pensamiento científico. Porque el que hubiera un Ser Supremo ó 25 de ellos, el que fuera uno de éstos el causante de la extinción masiva del período Pérmico, o que haya una razón espiritual oculta por la cual la materia ordinaria sólo es el 5% del Universo, eso el científico no se lo plantea porque no es comprobable.
Y tercer punto: conexión con la tradición. El relato del Diseño Inteligente permite reinterpretar de forma aparentemente moderna y acorde con la ciencia (así, en cursiva) narraciones más antiguas cuya literalidad ha ido quedando en entredicho: por ejemplo, las narraciones bíblicas. El Diseño Inteligente facilita una lectura del Libro del Génesis como una alegoría literaria de la obra real del Diseñador que es mano invisible de la evolución del cosmos. Así el Génesis es teóricamente compatible con la Genética.
Por tanto, negación de la naturaleza, negación de la ciencia y remodelación de la tradición constituyen los elementos básicos de este mito de nuestro tiempo. Su rasgo característico es la difusión industrializada en libros, vídeos, sitios de Internet y revistas por parte de grupos sociales muy influyentes, vinculados generalmente a ciertos sectores del protestantismo o a algunas facciones intelectualizadas del catolicismo. Por tanto, el mito es producto de corporaciones organizadas y planificadas a gran escala.
Quizá el lado más interesante del relato es el referido a sus ambigüedades e indefiniciones, pequeñas fisuras que se convertirán algún día en abismos. ¿Un Diseñador o Varios? ¿Un Ser Personal Exterior o un Ente Cósmico Subyacente a Todo? Repítase esta pregunta –y mézclese- en términos politeístas. ¿Justificación para el Diseño Inteligente de lo Malo? ¿Una divinidad terrible tipo Lovecraft que está jugando con una crueldad cada vez más refinada con sus criaturas?
Mientras Newton se enorgullecía de haber creado una teoría física compatible con la fe cristiana, Leibniz le reprochaba que de ese sistema se deducía la inestabilidad del Sistema Solar, incompatible con una saludable ordenación por Dios de los movimientos de planetas y satélites. De algún modo esta discusión, transformada, sigue en pie: ¿es realmente conciliable la ciencia con la creencia? ¿Es razonable considerar la mecánica cuántica como un truco de los dioses para poner a prueba la piedad de los hombres?
O la pregunta por el nuevo mito: ¿no es la imagen del mundo surgida de la ciencia aún más asombrosa y mágica que los viejos resortes poéticos de las narraciones religiosas?
JLF