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Universidad de Cantabria.
El Tiempo Editoriales

Presente Mítico

Mitos en la era de la ciencia

09 SEP 05
Reanudamos con un nuevo curso el hilo del presente mítico y mitómano. ¿Cómo en la era de la ciencia y la tecnología ha llegado a encontrar su hueco el mito, es decir, la imagen poderosa, la narración imaginativa que hace vibrar los espíritus? ¿Cómo pueden ser tan fuertes fenómenos como las religiones y/o supersticiones, el star-system de los ídolos de las artes populares, las fantasías retóricas de la propaganda política o el coleccionismo fetichista de objetos? ¿No estamos acaso en la época más ilustrada y científicamente desarrollada de todos los tiempos?
Este tema se lo planteaba ya, descanse en paz, el pensador alemán Hans-Georg Gadamer, un filósofo templado que, a diferencia de otros, no sucumbió en los años 30 y 40 del pasado siglo a los encantos ni a las presiones del nazismo. Sin duda, estaba apabullado por la gigantomaquia publicitaria en la que, con los nuevos medios del cine y la radio, habían combatido fascistas, comunistas, nacionalistas y liberales en la Segunda Guerra Mundial. Gadamer atribuyó esta pervivencia mítica en medio de la edad de la Razón al doble origen del pensamiento contemporáneo occidental: un origen es la Ilustración, el racionalismo, la ciencia; el otro es el Romanticismo, que revaloriza leyendas y con ellas la dignidad de las épocas pretéritas –en definitiva, acaba por dar nuevas energías a la función del mito-.
A Gadamer le complacía recordar que en las tres olas de ilustración de Occidente -los sofistas en Grecia antigua, los iluministas del XVIII y el ateísmo materialista del marxismo- el mito no se derrumbó del todo, ni dejó de cumplir su función motivadora. Esto es más importante que lo de la doble raigambre, porque lleva directamente a contradecir la tesis de Max Weber sobre el progresivo “desencantamiento del mundo”.
Lo que se nos viene a decir es que el ser humano necesita evitar esa disolución fría y racional de las apariencias mágicas y misteriosas del mundo. La chispa de la vida pueden ser las ilusiones que nos hacemos, los cuentos que nos contamos, las historias que nos estimulan. Y si Weber señaló con acierto que la civilización industrial estaba desembrujando el planeta, quitándole sus fábulas (“fábula” fue la palabra romana para traducir la griega “mythos”), Gadamer matiza que los espíritus siguen necesitando ese alimento y que, si los viejos mitos caen, otros se construirán.
Buscar la verdad que se obtiene sólo en determinadas condiciones de método (experimentales, contrastables, por ejemplo) es una decisión que parte de un valor: que a a uno no le da la real gana de poner su entendimiento en manos de otras pretendidas verdades. Esa cultura científica es el ideal ilustrado, el “atrévete a saber” de Kant (Sapere aude!). Y como dijo Weber, estos valores racionales son corrosivos para costumbres, mitos, leyendas y magias. El que se atreve a saber ya no puede aceptar sin más la herencia cultural, sino que tiene que rehacerla críticamente.
Pero no parece suficiente. En primer lugar, porque la ciencia, aunque nos da información valiosa para forjar nuestro proyecto de vida, no puede elegir los valores de esa vida. Y en segundo lugar, porque la ciencia no es presurosa. Quien desea una respuesta al origen del hombre, y la desea ya mismo, se encontrará con las hipótesis más verosímiles de los miembros de la comunidad de los paleoantropólogos, a la vista de los fósiles y de lo que sabemos de genética y de evolucionismo. Pero no hay una respuesta completa y con garantías absolutas.
Así, el querer-saber desborda por dos lados a la ciencia: queremos saber qué debemos hacer, pero la ciencia no nos dice nada más que “esto es lo que hay”; y en segundo lugar, queremos saber demasiado en comparación con el nivel de la ciencia, una actividad jovencísima de los últimos 23 siglos en los 1.200 de la Humanidad.
Por todo ello, lo que funciona es el mito. El mito nos orienta en el laberinto de los valores, al proponernos una narración modélica, con sus héroes y antihéroes. Cuando el mito, como bienestar originario, se proyecta al futuro, tenemos la utopía.
No sé si contarme entre los sorprendidos por el revival religioso, marca indeleble del azoramiento de las mentes, de la necesidad de agarrarse al mito para fortalecer la personalidad.
El mito rellena el hueco e inyecta combustible tanto a la voluntad como al entendimiento. Y la gran cuestión parece seguir siendo la gadameriana, es decir, cómo hacer convivir razón y mito en nuestra cultura, cómo aceptar que el mito, a su modo, expresa una cierta verdad de la vida o de la mente humana.
Para mi gusto, sin embargo, la dificultad está en el proceso productivo, en la fábrica de los mitos. Hoy no es un Hesíodo quien establece los textos mitológicos, ni una tradición oral milenaria o centenaria, sino las maquinarias enormes de las religiones organizadas, de los grandes grupos mediáticos, de la industria del entertainment, (música, cine, espectáculos, fútbol, literatura, videojuegos), de la propaganda política y de los sistemas educativos sesgados hacia preferencias de partido, de secta o de etnia. ¿Cuál es la verdad de este mito que lleva impreso el código de barras? En octubre contestamos.
JLF

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