"El Tinín" y "el Siso" eran dos chavales de mi barrio, de mi calle de San Simón. Compañeros inseparables de juegos y andanzas callejeras, siempre se les veía juntos, siempre formaron equipo. Eso sí, la voz de mando siempre fue de "el Tinín". "El Siso" fue siempre más apocado, parecía más asustadizo tal vez por que era muy flaco, muy "poca cosa". La madre de "el Tinín" vendía pescado por las calles y tenía una clientela fija, lo cual significaba que tenía solucionada la vida. Del padre nunca nadie había sabido nada. Y "al Siso" la vida le había tratado peor. El padre de "el Siso" abandonó la pobreza un mal día en que se cayó de un andamio y, desde entonces, su madre, enferma y desamparada, intentaba cada día salir adelante de entre toda aquella triste situación en la que los dos vivían.
Por eso "el Siso" fue siempre el más pobre del barrio, el más pobre de toda aquella numerosa pandilla de chavales que jugaban en la calle. Pero, como ya hemos dicho, siempre tuvo a su lado a "el Tinín". Y yo recuerdo haber visto, en más de alguna ocasión, a "el Tinín" partir por la mitad una de aquellas onzas de chocolate que con un pedazo de pan nos daban para merendar, y dársela a "el Siso", porque a "el Siso", la vida en su miserable vileza hasta una onza de chocolate le había negado desde siempre.
Es más, en una ocasión en que unos cuantos "mayorones", raqueros sin clase, bajaron desde la calle de El Sol a nuestro barrio y le dieron unos empujones por pura chulería a "el Siso", "el Tinín" se echó pa´lante en defensa de su amigo y compañero de juegos y aventuras, y acabó llevándose un sopapo aplicado por uno de los invasores del barrio que, quien sabe si impresionados por la actitud de "el Tinín", acabaron volviendo cuesta arriba a sus cuarteles.
Así la vida iba pasando hasta, que miren por dónde, a "el Siso" le salió un tío indiano que un buen día apareció por el barrio y se llevó consigo al chaval y a su madre. Todo fue muy rápido y no hubo despedidas. Lo que sí supimos después de unos años es que "el Siso" se había hecho universitario y, ¡cosas de la vida!, se había licenciado en derecho.O, para entendernos mejor y tal como alguien nos comunicó la noticia, "el Siso" se había hecho abogao.
No voy a negar yo aquí que, aunque la situación de "el Siso", ahora ya conocido por su nombre y con el Don por delante, a todos los que en barrio ya empezábamos a dejar de ser chavales, nos producía como un cierto orgullo, a mi, personalmente en mi situación de universitalitario de recurso, me producía una inevitable envidia; como un resquemor que, de vez en cuando, se rebelaba dentro de mi. Pero como todo lo que es irremediable en esta cochina vida nuestra, por muy desagradable que sea, termina uno por aceptarlo y vivir con ello a cambio de no acabar con una úlcera de estómago, un gesto avinagrado en el rostro y un desbordamiento de mala leche digno de mejor causa, pues la cosa se me fue pasando.
Pasó el tiempo y a medida que los años se iban amontonando en nuestro pasado, los chavales del barrio, mientras nos íbamos haciendo hombres, nos fuimos separando, nos fuimos perdiendo de vista y, lo que es peor, sin echarnos mucho en falta los unos a los otros, tal vez porque, aun sin darnos cuenta, nos fuimos involucrando en un mundo en el que el aislamiento y la individualidad nos fue apartando de aquellos lugares comunes, nos fue quitando importancia a los recuerdos.
Y un día, me encontré de pronto en la calle con "el Tinín". Ya peinaba como yo alguna cana.
Y me contó su historia.
Trabajó siempre de peón. Y a poco de morir su madre, un puñetero embrollo montado a raíz de nadie sabe qué malditas humedades que se le metieron en la bodega en donde había vivido toda su vida, los propietarios le montaron un pleito. O pagaba la reparación o a la calle. "El Tinín" intentó hacer ver a sus caseros la imposibilidad nacida de la falta de dinero, pero nadie le hizo caso. Allá él. Para la mayoría de la gente una persona sin dinero es una persona que ha fracasado en la vida. Y al llamado del juzgado, acudió "el Tinín" sin casi tener idea de lo que allí se estaba cociendo. Al intentar exponer sus razonamientos, su imposibilidad, alguien con mucha serenidad le dijo que tenía que estar allí "acompañado de letrado". Cuando le explicaron a "el Tinin" lo que aquello significaba, inmediatamente se le fue el pensamiento hacia la figura de su amigo de siempre: "el Siso".
-Entré, -me dijo-, a su oficina. ¡Jo, tío; no veas!. ¡Y una chavala a la entrada…! "El Siso", más guapo y más elegante que un San Luis de madera de cerezo, casi ni me conoció al principio. Pero luego me dio un abrazo. Se le veía bien... Y cuando me preguntó que por qué iba a verle, le expliqué lo de la bodega. La que él conocía porque allí mi madre, alguna vez, le había hecho tomar algún plato de sopa caliente… Y "el Siso" me dijo que yo, tranquilo, que ya se hacía él cargo del asunto…Y que le diera la carta que me había venido del juzgado… Y que le tenía que pagar por anticipado seis mil pesetas. Y entonces yo le dije a "el Siso" que yo era peón de albañil y que sólo podía trabajar cuando hacía buen tiempo…
Y "el Siso" me dijo que entonces él no podía hacer nada. Que si él dependía de otra gente..., que lo de los gastos siempre había que apoquinarlo por delante… Pero bueno, que no me preocupara, que todo se arregla en la vida… Y, en fin, que lo sentía mucho…
Y yo, -me siguió contando "el Tinín",- me fui de allí y no le dije nada. No se bien si porque no se me ocurrió o porque lo que iba pensando de él me daba vergüenza gritárselo desde el rellano de la escalera.
De cómo acabó el pleito de "el Tinín" no es cuestión de entrar en detalles. Francamente eso a nadie le importa.
Lo que cuenta es significar que a "el Siso" se le olvidó que la universidad es un privilegio al que no puede llegar mucha gente y que eso conviene tenerlo presente durante toda la vida. En esa vida en donde el triunfo, la solemnidad de existir, nada tiene que ver con el volumen de la cuenta corriente.
Algo que saben muy bien los que hicieron su carrera universitalitaria combatiendo a la necesidad casi siempre y a la mala suerte en más de alguna ocasión.
Francisco Ruiz Purón