A medida que uno iba creciendo y ya empezaba a quedarse corto con el hecho de afeitarse solamente un par de veces por semana, la universitalidad, en cuanto a lo que la expansión del intelecto y conocimientos de las cosas de la vida se refiere, nos vino exigiendo, como a todo hijo de vecino que se encuentra entre la edad del pavo y la angustia vital, algo que uno, sin apenas darse cuenta, echaba en falta y le producía unas inquietudes difíciles de definir. Era lo que, de acuerdo con aquellos tiempos tan estrictos y decentes, podíamos definir como la puesta a punto para lograr satisfactoriamente una relación más o menos justa con el sexo opuesto. Y no decimos nada de las relacionadas con el sexo semejante, porque eso estaba perseguido por la Ley en la misma medida que lo estaban los vagos y maleantes de la época. Como lo oyen.
Eso, los universitalitarios de espíritu inquieto que, para bien o para mal, únicamente disponíamos de una imaginación tirando a exagerada y una intuición inconformista y un tanto cabreada, lo llevábamos muy mal, hasta que descubrimos el aula magnífica en donde podíamos aprender a triunfar en el campo de la conquista de las anheladas mozas. Allí donde se podía aprender a ser, por un módico precio, un triunfador en ese asunto. Me refiero al cine.
Y me refiero también, naturalmente a la muchachada masculina, porque, por aquellos tiempos, las mozas tenían la obligación de ser castísimas y puras, prepararse dignamente para el santo matrimonio y no debían ser descocadas ni, por supuesto, perseguir descaradamente a los hombres.
El cine era el espectáculo por antonomasia. Y allí estaban aquellos galanes de los que nosotros aprendimos no se sabe bien si a ligar, (visto el caso desde aquellos años), o a hacer el panoli, (según se considere la cuestión desde estos otros de ahora).
Los que, como un servidor, siempre hemos procurado ser ecuánimes con nosotros mismos y, en cuestiones de belleza siempre nos hemos visto más bien como tirando a poco y con un pasar lleno de dificultades, no nos fijábamos mucho en los quehaceres impactantes de sujetos como Robert Taylor, Cary Grant, Tyrone Power o Paul Newman.
Aquellos tíos eran guapísimos y no tenían nada que ver con el rostro que muchas mañanas de desaliento y depresión, uno podía contemplar en el espejo; despiadado chirimbolo que, a pesar de nuestros esfuerzos por gesticular ante él con la esperanza de mejorar la imagen, sin piedad alguna nos hacía ver la triste realidad.
La universitalidad del cine nos enseñó que también se podía triunfar siendo más modestos a la hora de escoger a otro tipo de paisano a quien imitar. Ahí estaba, por ejemplo, el mismísimo Clark Gable. No había titi que se le resistiera a pesar de que el gachó era patizambo, tenía una dentadura mas postiza que los atributos mamarios de la Berrocal y una orejas que, hasta pasados muchos años y el príncipe de Gales no saltó a la fama, pudiera decirse que fueron únicas entre los personajes más célebres de la época que nos ha tocado vivir.
Bien es cierto que tenía el hombre una mirada, así, como tirando a la contemplación cachonda y más o menos con un cierto desprecio hacia las damas que, curiosamente, era de notar, le daba un resultado esplendoroso a la hora de enamorar a las señoras. Y esto, pues en la universitalidad del cine, algunos lo aprendimos muy bien, aunque es justo confesar que en multitud de ocasiones, más bien casi todas las ocasiones en que nosotros pretendimos imitar aquella caída de ojos, la moza pretendida y contemplada, después de devolvernos el vistazo, se volvía indiferente hacia sus amigas del alma y parecía susurrar algo así como: Este pobre chaval es idiota.
O así nos parecía a nosotros.
Bueno, realmente, también es verdad que muchos universitarios genuinos, han fracasado en cosas como éstas
Pero anécdotas aparte y sin entrar en cuestiones personales que no nos llevarían a ninguna parte, lo cierto es que el cine, único vehículo que conducía a la mocedad que vivió en aquellos sombríos y tan vacíos tiempos hacia más allá de los muros que nos cerraban todos los horizontes, contribuyó en gran medida a que nuestro doctorado universitalitario pudiera asentarse sobre unos pilares de conocimiento que, aparte de él, nadie nos hubiera podido ofrecer.
Y es de significar que, aunque nos duela tener que reconocerlo, nos referimos al cine de Hollywood. Porque había otro; el nacional.
Pero aquel cine, triste es decirlo, enseñaba poco, en todos sus aspectos; era más cursi que una gallina con liguero y asustaba lo suyo, hasta tal punto, por ejemplo, que cuando a uno, en algún bailongo verbenero le daban calabazas, inmediatamente y debido a su influencia, se le venía a la memoria la figura de Agustina de Aragón. Fíjense.
Cuestión que, ustedes entenderán fácilmente, aparte de deprimente, resultaba sencillamente espantosa.
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Francisco Ruiz Purón