Quizás porque por aquellas fechas de nuestra bucólica y un tanto infelizona adolescencia, la plantilla de personal que se dedicaba a la política era mucho, bueno, realmente muchísimo más escasa que la que con tanto entusiasmo contribuimos entre todos a pagar en nuestros días, o bien por aquello de que la escasez de recursos estimula la imaginación, la cuestión es que la mocedad de por entonces andaba muy poco preocupada y, por lógica, muy poco metida en ese territorio. Tal vez influía un poco el hecho de considerar que la calidad de nuestra política, por aquellos años tan perdidos en la distancia del tiempo, era algo así como la de la mismísima patria o, por lo menos casi, casi…
Queremos decir que nuestra política nacional en aquella época del recién abolido racionamiento, se acercaba muchísimo en su concepto a la España en la que ¡por fin!, había empezado a amanecer, una vez más. Y añadimos nosotros esto por nuestra cuenta, no para darle más bulto al episodio. Es más bien para que ustedes se detengan a considerar, si se fijan bien, en la cantidad de veces que esta cuestión del incipiente crepúsculo matutino ha tenido lugar en nuestro imperio gracias al buen hacer y la demostrada sapiencia de nuestros gobernadores. Bueno, una auténtica barbaridad de veces.
Bien, pues como íbamos tecleando, nuestra política era casi como nuestro gobierno. Una, grande… y poco más. De ahí lo del casi y espero que me entiendan.
Por eso en ese campo, el personal universitalitario de entonces se involucró muy poco, prácticamente nada. El proletariado de pura cepa, el menesteroso social matriculado en la universitalidad callejera, pasaba de largo, exceptuando a dos o tres que se pasaron de rosca no se sabe bien si empujados por algún tipo de inquietud social o simplemente por dar la pelma, como pudo ser el caso del famoso Cojo Manteca.
Porque es que nosotros habíamos empezado a amortizar el pan desde muy chavales y, como si ya de por si, el hecho de empezar a currar a los quince o a los dieciséis años no fuera suficiente cabronada como para considerar la chapuza de nuestro padre común en el Paraíso bastante más que una simple zanganada, encima teníamos que sufrir en nuestra carnes adolescentes una serie de vejaciones que tenían mucho que ver con las disposiciones dictadas por nuestros mandamases patrios. Y de estas vejaciones, quizá una de las más tremendas fue aquella de la que los universitarios legales, los de ley, los que no tenían nada que ver con los que voluntariamente buscábamos las respuestas a muchas preguntas que nuestra inquietud nos dictaba, debajo de los adoquines, aquellos privilegiados, nunca tuvieron que padecer, pero nosotros sí. Me refiero a lo que llamaban aquellos guripas que nos mangoneaban “la instrucción premilitar”. Verán qué cosa que, puede parecer increíble para la chavalería de nuestros días, aunque para darle más apoyo al disparate, conviene recordar que en aquella España de entonces, ejemplo de esencias morales y barbacana ejemplar contra el comunismo y el pecado, en la playa estaba prohibido andar con traje de baño sin tirantes. Una vez a la semana la chavalería trabajadora tenía que acudir a un centro, local, establecimiento o similar, donde un gachó que nada tenía que ver con el estamento militar, hacía desfilar al personal, les enseñaba a entonar horrorosos y cutrísimos himnos patrioteros y les daba un tostonazo espantoso contándoles aquello del imperio en el que nunca su puso el sol, lo del camarada que era el mejor, lo de que el mundo nos estaba jodiendo la existencia porque les comía a todos la envidia de no ser como nosotros y, en resumen, una serie de jilipolleces a cual más pintoresca.
Además de tener que sufrir todas estas calamidades añadidas al lamentable episodio de tener que depender ya de un jefe desde tan maravillosa como irrepetible edad, los universitalitarios, quizás por falta de herencia familiar, compromisos sociales o porque en más de una ocasión habíamos tenido que sufrir la vergüenza que arrastra consigo la caridad, pasábamos de largo, en la medida que nos dejaban, en las cuestiones de la política porque sabíamos que, en el fondo y te pusieras como mejor te pareciera, aparte de sacar en limpio un par de leches administradas por un guardia, tendrías que poner cara de memo contemplando a aquellos personajes tan bien vestidos de nuestra época, con aquellos uniformes, aquellas americanas tan blancas y radiantes, tan bien planchaos y tan bien peinaos, como iban a seguir haciendo de su capa un sayo. Una cuestión, por cierto, inmovilizada en el tiempo, firme y perpetua que ha quedado y que aún perdura como queda demostrado al ver que tal actitud no ha variado ya que, aunque portando sobre sus cuerpos salerosos otros atavíos, nuestros carismáticos próceres de la patria, puede constatarse fácilmente, que, en muchos aspectos (y no vamos nosotros a señalar, ni mucho menos), las cosas más o menos siguen desarrollándose lo mismo que entonces. O más…
Y es que ya se sabe: Los niños se hacen hombres, los universos se expanden, las razas se acomodan, la naturaleza evoluciona, los precios suben y bajan…La misma Iglesia… Poco, eso si, pero varía.
Sólo la política permanece incólume, inexorable, indisoluble…
Una cosa terrible.
ruizpuron@terra.es
Francisco Ruiz Purón