Como todo el mundo sabe, existen dos teorías generalizadas sobre el origen del hombre, (bueno, y también de la mujer), y todas las curiosísimas consecuencias que el caso puede llevar consigo, sobre la faz de la tierra. Una de ellas es esa que afirma que fue nada menos que Dios Todopoderoso el que, a su imagen y semejanza, moldeó en barro a nuestro primer padre Adán, luego sopló para ponerle en marcha y más tarde, aprovechando que la criatura andaba algo traspuesta, le sacó una costilla y alrededor de ella instaló la osamenta a guisa de andamiaje carnal de doña Eva, señora de ingrato recuerdo que por andar en chismes y diretes con una culebra, condenó a la humanidad a tener que ganarse las lentejas a base de currárselo como buenamente pudiera. Calamidad que ha perdurado hasta nuestros días como penitencia a sufrir, bien es verdad que por unos mucho más que por otros.
La otra cuestión es la que puso en su día sobre la mesa de la historia don Charles Darwin y que venía a demostrar a través de su teoría sobre la evolución de la especies, que el hombre era un pariente más o menos cercano del mono.
Uno, dada su veteranía y su experiencia en la vida, cosas en definitiva que tienen mucho que ver con la edad, se inclina más por tener como más cierto lo que comentaba el ilustre naturalista inglés, aunque realmente resulte escalofriante pararse a pensar que, siguiendo su teoría, el hombre no es más que un mono deformado y, probablemente, y si el mono tuviera oportunidad de expresarse, quizá tuviésemos que añadir si no es el hombre simplemente un mono venido a menos. Esto añadido a que si uno se para a contemplar lo que le rodea y ya no digamos nada del comportamiento de quienes le rodean, francamente, la reflexión sobre el origen divino resulta sencillamente espantosa a poco que entremos a imaginar, por ejemplo, que el vecino del octavo es la imagen y semejanza del Dios que nos está esperando a la derecha del Padre y un poco más allá de Ciriego.
Porque el hombre (y la mujer por supuesto y también), por sus actuaciones, la verdad es que deja mucho que desear. El hombre piensa que cuanto más tensos lleve los tirantes, mejor le sientan los pantalones, lo cual no deja de ser una insensatez puesto que la buena caída de dicho atavío depende únicamente de una más que medianamente presentación de su morfología personal, cuestión que, estúpidamente, el hombre pretende ignorar. Significativa reflexión que, en determinados casos, es comparable con lo que le ocurre a la mujer con el uso del sujetador.
Tal vez una evidente demostración de que la inteligencia humana no es precisamente muy brillante, la tenemos, si nos detenemos un poco a considerar el asunto, analizando con atención un utensilio tan vulgar como, sin duda, es el paraguas. Si el autoproclamado monarca del globo terráqueo, cuando inventó este aparato lo hubiese hecho curvando las varillas hacia arriba, hubiese logrado dos cosas importantísimas para el mejor devenir de la raza humana. La primera hubiese sido el hecho nada despreciable de almacenar el agua para aprovecharla en usos posteriores o cosas que, una vez escampado, se le hubiesen ocurrido. La segunda, es evidente, que el agua, al no deslizarse hacia abajo sobre la curvatura del aparto en cuestión, no nos caería nunca sobre los hombros de la chaqueta los días de lluvia.
Y lo lamentable es que la humanidad, que sin duda es consciente de ese fallo, no ha querido rectificar nunca en ese provechoso e inteligente sentido.
¿Y por qué, se preguntará tantísima gente después de haber estudiado con tanto interés esta cuestión tan estúpida, no ha procedido el hombre a corregirla?. Simplemente por no dar su brazo a torcer.
¿Qué nos demuestra esto?. Pues que el género humano es víctima de su propia soberbia.
Y lo malo de esto es que el episodio del mal aprovechado invento del paraguas y la incapacidad del género humano para rectificar sus errores por culpa de su egoísmo y estupidez, viene a ser una confirmación, por extensión, de como la humanidad aplica este proceder a su actitud tan a menudo criticable y tirando a chapucera y, como, por consecuencia lógica, acabamos casi siempre como tres con un zapato y haciéndonos la puñeta los unos a los otros.
Lo cual no deja de ser lo que se dice, una verdadera lástima.
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Francisco Ruiz Purón