Con el curso 2009/10 vamos a terminar también nuestras aventuras reflexivas sobre el valor de Roma para el presente. Ya quedó dicho en primer lugar el problema político que supuso la conquista del Mediterráneo oriental, con el definitivo tránsito de la ciudad-estado a un imperio intercontinental; y en segundo lugar la gran importancia del espacio imperial romano para el éxito de la revolución espiritual cristiana. Los hombres clave en estos procesos son por un lado César y Pompeyo, creadores de imperio, y por otro Constantino, abridor de una nueva cultura mediterránea que dejó atrás los clásicos paganos y sobrevivió incluso al hundimiento de la superestructura política en Occidente. El Papa Benedicto es hoy la prueba oficial de esa permanencia, como lo es la tipografía que usted está leyendo en este mismo momento, derivada de las letras capitales romanas, así como numerosos artículos de los códigos legales.
El mito de Roma es en gran medida el de su desaparición, con sus dos momentos dramáticos del siglo V (caída de Roma) y del siglo XV (caída de Constantinopla). También hay un mito de supervivencia, pero con ese terminaremos el curso en EL GALLO de junio. Una de las causas de la desaparición del imperio romano fue el Cristianismo, y también fue una de las causas de su conservación, en el este.
Los libros, series, documentales, videojuegos y productos web sobre la antigua Roma siguen haciendo furor, según todas las estadísticas. Algo tiene el agua cuando la bendicen, y algo tiene el mito cuando lo repiten. El hecho es que, de la mano del inglés, el español y otras lenguas internacionales, es el alfabeto latino el de rigor para la comunicación global, y son muchos principios jurídicos y políticos romanos los que siguen inspirando los avances de la civilización, que es una palabra que procede de ‘cives’, el ciudadano. Civilizarse es hacerse ciudadano, con todo lo que comporta.
La historia sólo se percibe bien cuando se hace desde una cierta perspectiva y distancia. A menudo, es el lento paso del tiempo el que va acumulando una generación tras otra esa capacidad retrospectiva. Sin embargo, a veces la distancia se consigue abruptamente como consecuencia de un veloz cambio sociocultural. Así, paradójicamente, las revoluciones son creadoras no sólo de historia en el sentido fuerte de la palabra, sino que también son creadoras de historiografía.
La película dirigida por Federico Fellini Amarcord (Me acuerdo) logró el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1975, quedando también como candidata a la estatuilla en otras dos modalidades: mejor director y mejor guión original.

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